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VENERABLE GLICERIO LANDRIANI

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Corazon de Glicerio
de Cristo
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Capítulo III: el fervor desbordado

Capítulo 1

Glicerio no era un joven de mediocridades. Cuando se dio cuenta de que estaba perdiendo los mejores años de la vida en cosas sin sentido, se entregó decididamente y por entero a toda obra buena que pudo encontrar. La vanidad se trocó en fervor desbordante. Pasó de vivir pendiente del aplauso ajeno a querer ser, a conciencia, un loco de Cristo.
Dejó inmediatamente palacio, ropajes y servidumbre. Abandonó toda comodidad. Se fue a vivir con un cura portugués un tanto excéntrico, el P. Méndez, que tenía fama de santo. Su fiel Francesco Selvaggi intentó seguirlo a su nueva casa y vida.
“Ya no requiero sirvientes. Me volveré un mendigo de Cristo y servidor de sus pobres. No puedo retenerte conmigo Francesco, ni pagarte por tu trabajo”, le dijo con sinceridad a su compañero de infancia, hijo del palafrenero de su difunto padre.
“¡Qué bueno!", le respondió con alegre resolución Francesco. "Así puedo ir contigo como amigo y volver a estar a la par como cuando éramos niños. Realizaremos mejores proezas para gloria de Dios.”

Glicerio lo abrazó y le pidió perdón por lo que le había hecho sufrir mientras vivió a merced del vanidoso orgullo. Comenzaron de inmediato una nueva vida de pobres mendigos de Cristo.

Sentían una desbordante alegría.


    El P. Méndez dirigía un grupo entusiasta y extravagante al que los dos amigos se unieron. En su casa de Roma, a la que se habían mudado, rezaban largamente, a veces hasta 40 horas seguidas, con muchas muestras de devoción llamativas y bastante exageradas.  Buscaban también rescatar a las mujeres que, por pobreza o abandono, se habían visto forzadas a prostituirse o se encontraban en grave riesgo de hacerlo. Les ayudaban a establecerse con buen trabajo y a formar familia cristiana. Brindaban apoyo material y espiritual. Las riquezas de Glicerio se destinaron a sostener esos nuevos hogares y a socorrer a cuanto pobre se encontrara. Cuando ya no le quedaban monedas, comenzaba a dar de lo que llevaba puesto. Muchas veces en invierno volvía a su nueva morada descalzo y con frío, pero siempre sonriente; contento porque todo había sido entregado a los pobres de Cristo.
   Cada día era una nueva aventura. Enfermos, ancianos, presos, peregrinos, pordioseros, huérfanos y viudas, para todos tenía y a todos daba. Y cuando de lo propio ya nada quedaba, él mismo mendigaba para seguir repartiendo.


   “Si quieres seguirme, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres.”

 

Esas palabras del Señor volvían una y otra vez a él y lo empujaban siempre a más.
Lo repite muchas veces en cartas a su tío, el cardenal Federico Borromeo, y añade: 

 

“Con ninguna otra cosa se contentará mi corazón, pues quiero ser dispensador de todo, todo lo que mi Señor me ha dado.”

 

En cierta ocasión, Glicerio marchó en peregrinación sin avisar a nadie, ni siquiera a Francesco, para que no lo retuvieran. En el camino, fue dando todas las cosas que llevaba. Llegó a una santa montaña, lugar de oración, descalzo y vistiendo los harapos del último mendigo con quien había cambiado la ropa.

            Los ermitaños del lugar adivinaron por su lenguaje y modos que no era lo que parecía. Lo dejaron pernoctar en un lugarcito apartado, después de verlo servir devotamente a la Santa Misa. Al tercer día, sus amigos y familiares lo encontraron, luego de gran susto, y le reprocharon su imprudencia. Aceptó la reprimenda con humildad. Se fue haciendo evidente que necesitaba una mejor orientación para su corazón ardiente.

 

            Un alma tan grande, con un temperamento tan explosivo y arrojado, que lo llevaba a aparentes locuras, necesitaba de un mentor sabio y equilibrado. Puesto que los desbordes de fervor asustaron a los más allegados, tuvo que intervenir el mismo Papa Paulo V, muy amigo de su noble familia. El mandato del pontífice a Glicerio fue muy claro.

            —Desde pequeño has ofrecido tu castidad a la Santísima Virgen, recientemente has abrazado con ardor la santa pobreza, es tiempo de que aprendas el camino de la obediencia.

            El Papa lo puso bajo el cuidado del p. Domingo Ruzzola de Jesús y María, carmelita descalzo. Este buen fraile supo encauzar su alma por el camino de la perfección y ordenar sus ardores apostólicos. Se valió para ello de la doctrina de santa Teresa de Jesús y de san Juan de la Cruz.

            Era un guía ciertamente mejor porque lo conducía al modo en que lo llevaba Dios. Secundaba la acción de la gracia en su alma. Entendía que el motor que impulsaba a Glicerio era el mismo que le daba norte y estabilidad. El secreto de Glicerio no era otro que su vínculo profundo, amoroso y continuo con Jesucristo, su Señor. Desde este amor rectamente vivido, conforme a la fe y a la razón, se podían ordenar todos los demás afectos y sentires.

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  Fue tal la paz que halló bajo la guía del P. Domingo que pensó que tal vez fuera señal divina. ¿Dios lo querría carmelita descalzo? El ideal de pertenecer a una orden reformada, toda de María, para vivir en obsequio de Jesucristo, lo haría volar hasta lo más alto. El P. Domingo escuchaba atentamente la voz de Dios que resonaba en el corazón de Glicerio. Lo sorprendió profundamente cuando le dijo que intuía que otro era el lugar que lo esperaba. Allí habría otro mentor, esta vez el definitivo, que le aguardaba.

            Glicerio había aprendido en ese tiempo el valor de la docilidad cuando el guía era recto y sabio. Se confió, entonces, al buen criterio de quien tanto bien le había hecho. Se dispuso, con desasimiento de sí, a lo que viniera. Con los salmos cantaba una oración que brotaba del fondo de su alma.

Muéstrame, Señor, tus caminos, enséñame tus senderos.

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