• Hno. Gonzalo Urrets

Siempre de Jesús Crucificado

"El Hijo del hombre no vino para ser servido,

sino para servir y dar su vida

en rescate por una multitud"

Mt 20, 28


¿Podés contarnos dos convicciones que te hayan ayudado a dar el paso
para entrar al prenoviciado de la Orden?

Transitaba el último año en el colegio Santo Tomás cuando comencé a cuestionarme sobre mi vocación y la posibilidad de ser sacerdote. A medida que hacía el proceso de discernimiento el Señor me iba regalando algunas convicciones. Una certeza que me dio paz desde el inicio es la siguiente: “lo que Dios quiere para mi vida es lo mejor que me puede pasar”.

Tenía claro que haciendo su voluntad, sea la que fuere, iba a ser verdaderamente feliz. Esta verdad me ayudó a preguntarle diariamente al Señor cuál era mi vocación.

La segunda convicción surgió en una misión vocacional en Yuchán, cerca de Quimilí. Recuerdo que fue en un momento donde dudaba de la posibilidad de entrar en la Orden, excusándome con la idea de salir del ambiente del Colegio y hacer primero experiencia en la Universidad.

En esa misión Jesús me salió al encuentro en los más pequeños y pobres. Fue allí,

al verlo en ellos, que reconocí que había encontrado un tesoro. Descubrí que

el Señor me quería para Él y que todo

lo demás no tenía parangón con su amor.


Si tuvieras que mencionar tres riquezas de la vida religiosa escolapia
que encontraste durante tu formación inicial ¿Cuáles serían?

Cuando el Señor elige a un hombre a la vida religiosa, lo colma con innumerable cantidad de bienes. Del ciento por uno recibido destaco, en primer lugar, que el Señor cuando me llamó me salvó. Al hacer una mirada retrospectiva y pensar en mi camino de formación me maravillo y doy gracias a Dios por lo mucho que hizo en mi vida. Encontré la cura a muchos de mis vicios y heridas, desarrollé virtudes, y adquirí habilidades y talentos para poner al servicio de otros. Maduré rotundamente en mis afectos, aprendí a amar a los demás y, sobre todo, a amarme de verdad.

La segunda riqueza tiene que ver con la vida comunitaria. Además de mi familia de sangre, Dios me regaló padres, hermanos y amigos en Cristo. Cada uno de ellos, varones entregados y fieles, supieron guiarme en la senda de la vida escolapia y sostenerme en los momentos de zozobra e incertidumbre. Día a día me ayudan a forjarme como hijo de nuestro santo padre, José de Calasanz, y a cooperar con el Señor en la salvación de los pequeños.

Finalmente, durante mi formación Dios fue regalándome el don hermoso de la paternidad. El Señor me hizo padre espiritual de una pléyade de niños y jóvenes a quienes tengo como hijos. Dar la vida por ellos en el trabajo cotidiano, es un bien que llena mi corazón.


¿Cómo te preparas para esta profesión y ordenación tan importante?

En estos días le estoy pidiendo mucho a Dios que me haga idóneo cooperador suyo.

Como señalan las Constituciones de Calasanz, la tarea que traemos entre manos es de tanta trascendencia que supone hombres dotados de toda virtud. Le pido al Señor estos dones para vivir mi consagración y servicio diaconal de manera diligente y fecunda.

Vivo estos días como pobre de la Madre de Dios: la profesión y la ordenación diaconal son dones de gracia inmensos, que recibo sin mérito alguno. Dones que me enriquecen para enriquecer a otros.


¿Qué le dirías a un joven que le está preguntando a Dios si debe ser escolapio?

Lo exhortaría a confiar en Dios y en lo que Él tiene preparado para su vida. Lo mejor que puede hacer es escuchar y seguir su voz con valentía. Si su vocación es la vida escolapia el Señor lo irá confirmando en su camino.

También le diría que la Orden de las Escuelas Pías ofrece un camino seguro hacia la santidad. Lo fue para Calasanz y también para muchos hombres a través de los siglos. Dios enriquece con el ciento por uno al que deja bienes y familia por el Reino de los Cielos.




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